Jardines de senderos que confluyen

Jardines de senderos que confluyen
derecha en latinoamerica

La realidad del subcontinente no da respiro.

La “derecha” del continente sigue fiel a su ceguera política y continúa haciendo de esbirro y de chico de los mandados de las corporaciones trasnacionales. 

Lula preso. 

Levantamiento golpista y criminal en Venezuela. 

Persecución a Rafael Correa en Ecuador.

Hostigamiento internacional a Evo Morales.

La historia ya les demostró –una y otra vez- que el final es siempre perjudicial y condenatorio para “los criollos que venden” y nunca para el “Gringo que compra”, pero su estulticia estructural los impulsa siempre en la misma dirección.

 

Parecido ocurre en la Argentina. Sin la virulencia de aquellos lugares o de antaño aquí mismo (bombardeos, fusilamientos, terrorismo de estado en sus variadas formas), pero en igual dirección, con iguales objetivos: la “derecha” vernácula persigue hasta el límite con lo ridículo –y aun más allá: son los Buzz Lightyear del absurdo- cualquier manifestación popular.

 

El por qué de la baja de intensidad en la virulencia hoy y aquí tiene variados orígenes. Uno de ellos (el que más agrada a los actuales perseguidores) puede ser el cariz institucional de su acceso al gobierno. Dado que fue mediante elecciones pueden suponer que esos votos se pueden conquistar y mantener.

 

Los otros orígenes son más oscuros e inconfesables. El diagrama de un oligarca al mando (Macri Blanco Villegas,) y ejecutores pertenecientes a ese mismo sector o a la gran burguesía prebendaria (Peña Braun, Dietrich, Bullrich Zorraquín Ocampo Alvear,  Bullrich Luro Pueyrredón) u operadores de multinacionales enquistadas en el país (Prat Gay, Aranguren), junto a entusiastas representantes de sectores medios tan prebendarios como tecnócratas (Vidal, Ibarra, Finocchiaro, Garavano, Avelluto), habla de un gobierno “atendido por sus propios dueños” con más consciencia de que deberán responder por sus latrocinios EN su propio país. También interviene la “experiencia histórica” que les muestra como la represión violenta y los actos criminales desembozados sólo han servido para engrandecer y eternizar a su único, visceral y decidido oponente: el peronismo.

 

En el “medio”, claro, están los Medios. Eternos operadores de la oligarquía y de la burguesía prebendaria y especuladora –y desde los ’90 con una relación directa con las grandes corporaciones trasnacionales- no podrían hacer otra cosa, aun en el tembladeral ingobernable en que se está convirtiendo la Argentina, que cerrar filas y cruzar lanzas para defender los intereses del actual conjunto de mandantes. Es obvio: son sus propios intereses. Dueños y creadores de lo que se llama “opinión pública” (que vendría a ser “la opinión de SU público”) machacan denodados en el afianzamiento de su conveniente “sentido común” al punto tal que aun aquellos medios que pretenden salirse –o que están circunstancialmente afuera- del esquema tradicional de acumulación de riquezas raramente se atreven a desafiar la construcción de sentido dominante.

 

Así las cosas, en la vereda de enfrente, como ya dijimos, está el peronismo.

Portador histórico de “el otro” sentido común, representante más o menos directo de las vivencias, alegrías y tristezas de la parte de la población que no “participa del mundo” (que no exporta, que no recibe regalías internacionales, que no es miembro de ninguna corporación extranjera, que tiene su única fuente de acumulación de riqueza en el devenir cotidiano de su patria), el peronismo se alza como único bastión de ese sector enorme y diverso que no aporta más capital que su fuerza de trabajo, su conciencia colectiva, su pujanza movilizadora y –lo más importante y peligroso para este sistema que acabamos de describir- la mayoría de los votos.

 

Así ocurrió desde la aparición de Juan Domingo Perón en el horizonte electoral: de 1946 hasta diciembre de 2015 hubo un total de nueve elecciones presidenciales sin proscripción partidaria o de candidatos. El peronismo ganó en siete.

Semejante abrumadora realidad histórica llevó a creer en la imbatibilidad de quien se presentara por esa fuerza política y a olvidar o minimizar algunos datos y premisas fundamentales de la política.

 

Datos como que en 1952, con un peronismo desplegado y en el poder, con Perón presidente y yendo por su re-elección sacó el 63.40 % los votos. Aplastante, sin duda. Pero el dato de que con un Perón en todo su esplendor hubo más de un  36 % los argentinos que se opusieron a ese triunfo no parece hacer signo alguno. Lo mismo con el triunfo de 1973: luego de 18 años de proscripción, de todo tipo de prohibiciones, censuras, encarcelamientos, torturas y asesinatos, la fórmula Perón-Perón vuelve a ganar de modo rotundo: el 61.85 % los argentinos lo acompaña.

Pero aun en ese momento en que Perón significaba casi todo en la política argentina, el dato de que un 38 % los votantes se opuso con la misma rotundidez no debería pasarse por alto.

 

Lo mismo podríamos decir del año 2003 (donde todos los candidatos del PJ suman más del 60 %, lo que equivale, nuevamente, a que casi un 40 % la población, después de casi una década y media de neoliberalismos, vota en contra de cualquier candidato peronista). O del reciente 2011, donde Cristina se alza con el 54.11 % (que si le sumamos los porcentajes de Rodríguez Saá y Duhalde se puede arañar el 68 %) y subsiste un porcentaje del 32 %l electorado que se define fervientemente por “lo contrario” (sea esto lo que sea).

 

Es decir: la confianza en que el peronismo es el vívido y más genuino representante de las vivencias, alegrías y tristezas de la parte de la población más perjudicada de la patria sumada a la evidencia de la conciencia colectiva y pujanza movilizadora de este sector, ha hecho olvidar o minimizar el hecho incontrastable de que esto no siempre se convierte de modo automático en votos. Olvidando o minimizando, al mismo tiempo, una premisa sustancial de la política: el enemigo también juega.

 

Y juega –desde 2015 y por obra y capitulación de la UCR- contando con un piso histórico de más del 30 % los votos. Sí: más de un 30 % la población que votará de manera neta cualquier cosa que NO sea peronismo.

Queda entonces un porcentaje nada despreciable (históricamente oscila entre el diez y el veinte por ciento) que a veces vota candidatos peronistas y a veces no: 1983, 1999 y 2015 son ejemplos claros.

 

Podríamos evaluar que es cada diez o quince años que ese porcentaje no vota al peronismo y contar con que las estadísticas están a nuestro favor. Pero no parece resultar conveniente ser optimista con los números: más valdría concentrarse en construir la unidad necesaria antes que apostar a la posible dispersión del campo antipopular.

 

Volvamos al peronismo y a los números, entonces.

¿Qué candidato o candidata acumula –de piso- un porcentaje que pueda hacerle frente a la mancomunión antiperonista?

No decimos “ganarle”: hacerle frente, en principio. ¿Quién?

Pues una sola.

“¡Pero es quien más rechazo genera!”, se objeta desde distintos sectores (particularmente, es el dato que nos suministran los Medios hegemónicos). “¡No conduce!” se objeta desde algún otro sector. “Debe hacer un renunciamiento histórico”, susurran desde  algún arrabal. “Se necesita un gobierno de unidad nacional y ella no puede liderarlo por el rechazo que tiene”, se lamentan desde otro costado. “¡Ella sola no gana!”, proponen desde otra esquina.

 

Detengámonos en estas afirmaciones.

“Es quien más rechazo genera”. ¿Sí? ¿Confiamos en las “encuestas” que propalan los medios hegemónicos? Pongamos que sí. ¿Quién genera menos rechazo? ¿Es viable creer que el ciudadano o ciudadana (o ciudadane, ya sabemos) que en diciembre de 2015 votó –por confusión o convicción- a favor de ESTA gestión de gobierno va a votar a un Juan Pérez (o Roberto Lavagna) a quien prácticamente desconoce? Ya sabemos que el 30 o más NO lo hará. Este Juan Pérez (o…) debería garantizar la unidad del campo popular ¿Puede hacerlo? ¿Alguien que sea prácticamente un desconocido para el gran público y un personaje no del todo apreciado para los propios? Resulta difícil de pensar, realmente.

“No conduce”. Como no queda muy claro qué cosa significa esto, vamos a acudir a quien sin dudas es considerado como el gran artífice de la “conducción”: el GRAN conductor. 

Juan Domingo Perón decía “El conductor político es un hombre que hace por reflejo lo que el pueblo quiere. El recibe la inspiración del pueblo, él la ejecuta y entonces pueden tener la absoluta seguridad que lo va a realizar mejor porque los pueblos difícilmente se equivocan”. 

 

Observaba también que “Para conducir un pueblo la primera condición es que uno haya salido del pueblo. Que sienta y piense como el pueblo. Quien se dedica a la conducción debe ser profundamente humanista. El conductor siempre trabaja para los demás. Jamás para él. Hay que vivir junto a la masa, sentir sus emociones y entonces recién se podrá unir lo técnico a lo real; lo ideal a lo empírico”.

 

Y afirmaba “…la conducción política tiene un sinnúmero de características que llevan a comprenderla. La política no se aprende, la política se comprende, y solamente comprendiéndola es como es posible realizarla racionalmente. (…) hay hombres que toda su vida han hecho política, pero nunca la han comprendido. El éxito será siempre para éste que la haya comprendido, no para el otro que pretendió aprenderla. Porque la política es una sucesión de hechos concretos, en cada uno de los cuales las circunstancias varían diametralmente, hay cosas que son semejantes y que pueden dar inspiración, pero igual no hay nada”.

 

Finalmente, Perón afirmaba también que “Si Dios bajara todos los días al la tierra a resolver el problema planteado entre los hombres ya le habríamos perdido el respeto y no hubiera faltado un tonto que quisiera reemplazarlo a Dios”.

 

En estas y algunas otras reflexiones de Perón sobre la conducción se basan quienes pretenden que NO es Cristina Fernández la adecuada para la tarea. Aun dándoles la razón (hipotéticamente) en que el accionar de Cristina Fernández no se apegase puntillosamente a estas reflexiones, nuevamente la pregunta: ¿El accionar de alguien (Juan Pérez o quien se les ocurra) se acerca más?

 

Baste recordar que en medio del fuego graneado de la corporación judicial, con su hija enferma en otro país, luego del fallecimiento de su madre, publicó un libro. ¡Un libro! Es difícil que se pueda pensar en algo menos peligroso para el establishment, algo menos pregnante para los millones de votantes que necesita, algo más inútil para la solución de los tremendos padeceres a que están sometiendo al pueblo argentino.

Y sin embargo…

Sin embargo el “círculo rojo”, el mundo de la política y la guardia pretoriana del poder (los Medios), hace una semana que no puede hablar de otra cosa. Parece más que evidente que no se puede conducir a quien no quiere ser conducido.

 

Las dos objeciones siguientes van juntas porque así suelen expresarse: “Debe hacer un renunciamiento histórico” y “se necesita un gobierno de unidad nacional y ella no puede liderarlo por el rechazo que tiene”. De nuevo, las preguntas: Si genera tanto rechazo ¿Por qué debería hacer un renunciamiento? ¿Por qué no ganarle en limpias elecciones? Y, sobre todo: ¿Cuándo ocurrió –en la historia argentina, si no del mundo entero- que se formara ese “gobierno de unidad nacional”? ¿Y “conducido” por un Don Nadie? No hay registros en absoluto. Tal vez uno haya sido –si no nacional, al menos provincial- el segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas, al menos en su gestación: Por algo se lo tiraron por la cabeza, prácticamente. ¿Alguien llamaría a ese período como “de unidad”? Absurdo tras absurdo.

 

Para finalizar: “Ella sola no gana”. La respuesta a esta objeción es de Perogrullo y nuclear: Pues no hay que dejarla sola.

 

Quienes realmente se opongan a este modelo de entrega, de transferencia de recursos hacia las corporaciones trasnacionales, de hambreamiento popular y de saqueo reiterado del bolsillo y la calidad de vida de los argentinos; aquellos y aquellas que desconfían de la capacidad de quien mayor convocatoria electoral retiene en su persona; aquellos y aquellas que quieran volver a habitar un país vivible y con expectativas de futuro; quienes se conduelen de la falta de esperanzas, del tembladeral cotidiano que sufre cada compatriota que ve como ni su trabajo ni su ingreso, ni sus mínimas proyecciones de vida tienen la menor posibilidad de tener una razonable seguridad; todas y todos quienes, en suma, creen que este gobierno oligárquico-prebendario-especulativo-trasnacional debe acabar para siempre el 10 de diciembre próximo, deberían mancomunar esfuerzos alrededor de quien –por epicentro de afectos, por capacidad de gestión ya demostrada, por conocimiento pleno de toda la población y por comprensión de la política (como pedía el General)- sigue concitando la mayor voluntad de votos de todo el arco opositor o pseudo opositor, aun con las deficiencias o defectos que se le quieran achacar.

 

Hay que volver a enamorar, se dice. A enamorar de futuro. Y ocurre que de eso sólo ha sido capaz –históricamente- una sola fuerza política en la Argentina: el peronismo. Y el peronismo está lo suficientemente vivo, como lo demostró hace muy poquito en Avellaneda. Allí se dieron cita Verónica Magario, Hugo Moyano, el “cuervo” Larroque, Martín Sabatella, Mariano Cascallares, Axel Kicillof, Martín Insaurralde, Diana Conti, Máximo Kirchner, Felipe Solá y varios más. No vamos a suponer que estaban chochos de encontrarse entre sí o que prorrumpieron en cantos de fogón mientras prendían encendedores –eso nunca es el peronismo-, pero allí estaban. Eso siempre fue el peronismo. Ese peronismo que tiene hoy, como representante indiscutidamente mayoritario, a la misma persona que puede significar en el subcontinente un comienzo de auxilio para Evo, una esperanza para Lula, un camino de resolución pacífica para Venezuela: la única dirigente que puede significar un cambio de rumbo tanto en la Argentina como en la patria grande es una sola. Pueden llamarla vieja, pueden llamarla yegua, pueden llamarla Jefa, pueden llamarla –este es nuevo, pero muy peronista- mami, pueden llamarla “la doctora”, pueden llamarla como quieran, como ya la han llamado o como se les ocurrirá más tarde. Pero su nombre sigue siendo igual al que llevan anudado en el alma millones de hombres y mujeres de pueblo: Cristina.