Roscas y “rama liberal” del peronismo: o la política en tanto retóricas, cosmogonías…o fetiche

Roscas y “rama liberal” del peronismo: o la política en tanto retóricas, cosmogonías…o fetiche
Roscas y “rama liberal” del peronismo: o la política en tanto retóricas, cosmogonías…o fetiche

Roscas y “rama liberal” del peronismo: o la política en tanto retóricas, cosmogonías…o fetiche

Un intento de ensayo de ideas provisorias acerca de la entrañable pero también extrañable política argentina, la que aparece tantas veces como síntoma de una sociedad que se busca a sí misma y que en esa búsqueda no puede saldar el castigo de una condena, esa que nos hace país sometido a una trama de poderes patricios y patriarcales, liberales oligárquicos y con admiración por el autoritarismo; dependiente, y con una burguesía lumpen entronizada, contra la cual las clases y contingentes sociales subalternos no han logrado aún un proyecto propio, sustentable en el tiempo. El peronismo como cosmogonía y retórica, atributo ese el de la retórica, que es común a la política como ser. Y el fetiche que impera y obtura la construcción de tramas y espesores culturales desde el subsuelo, desde aquellos sujetos, con cuerpos y sudores, que hicieron posible la definición que John W. Cooke formulara del propio peronismo como hecho maldito del país burgués. Para quienes me acompañen con su lectura, ojalá también con sus propias reescrituras de lo esbozado en estas líneas, algunas aclaraciones, casi prólogo minúsculo: Acercaré un puñado de definiciones imperfectas en el marco teórico desde el cual ensayo, aunque en realidad suena pretensioso lo de teórico. También subrayo acerca del por qué sobre nosotros y no sobre el ellos. Y en torno a la convicción que sostengo respecto de estos textos, que no deben aseverar acerca de lo que conviene pensar o sería necesario hacer, sino tan sólo abrir o hacer públicas dudas e interrogantes, que antes que nada reconozco como propios; admito que semejante concisión pueda obedecer asimismo a la cierta fatiga que suele acompañar toda búsqueda de texto cerrado, lo cual lleva a ceñirme a una sucesiones de apostillas que, en principio estimo, reflejan o, es más, contienen a aquellas definiciones sobre cosmogonías, retórica y fetiches a las que alude el preámbulo teorético que a continuación sigue, sin más preámbulos (la seguidilla de esa misma palabreja es deliberada).

Si se me permite una definición amplia de cosmogonía me animo a escribir que se trata de toda narración mítica que busca explicar el origen del todo y por consiguiente de lo humano y su funcionamiento como sistema, desde Hesíodo hasta el Big Bang, en tanto quede habilitado, a sólo título de ejemplo exagerado, el decir de la existencia de “cosmogonías científicas”; y sin olvidarse por supuesto del Génesis de los judíos y los cristianos.

Y si extienden la licencia concedida, entendamos a la mitología, aunque sea durante el tiempo que se toma este texto, como comprensión y explicación que apela a la metáfora instrumento labrador de ideas. Aceptemos entonces que toda vez que un relato surge del momento y de las circunstancias de su relator pero se transforma hasta el infinito en la medida que sus receptores sean infinitos, debemos sí convenir que los mitos no son en modo alguno cuerpos inmutables, sino arcillas de transformaciones e interpretaciones hasta el más lejano de sus límites.

La retórica impera en la política, en el ejercicio fácticos del poder – muy visible surge en la aplicación de la ley y la sanción como dones del Estado en tanto violencia – y en los medios de comunicación como dispositivos de propaganda, concepto éste que engloba a la publicidad, al periodismo hasta en sus fronteras y bordes cada vez más difusos, y al conjunto de contenidos, incluso a los ficcionales.

Se trata casi de un dominio absoluto en el cual los cuerpos aparecen reemplazados ahora y en una dimensión de horizontes aun desconocidos por sus representaciones o emanaciones virtuales, a partir de las nuevas tecnologías y sus usos predominantemente audiovisuales: las imágenes y videos así se constituyen en figuras retóricas, metáforas, metonimias, prosopopeyas, personificaciones. Se funden en argumentos del ethos, que son los de la esfera de las conductas y pretenden credibilidad, confianza y fe en quienes enuncian; en otros del campo del pathos, alrededor de los afectos y los sentimientos en general, que se presumen o registran entre los destinatario de aquellos enunciados, y que, nos decía Aristóteles en su Retórica, pueden provocar ira, calma, odio, amistad, miedo, confianza, vergüenza, indignación, agradecimiento, compasión y envidia en relación con los otros (¡Cómo pensar la política y sus discursos sin esas emociones, ¿no?). Y por fin aquellos argumentos del logos, los que organizan mensajes o contenidos desde la dialéctica, sus deducciones y analogías.

El estadío más primitivo de la religiosidad. Las mercancías lo son en tanto aparentan tener una voluntad independiente, fantasmagórica, apropiándose de la subjetividad de las personas, es decir de sus productores y en ese ocultamiento de los sujetos, esa aparición digamos que mágica de las mercancías ante los consumidores, es donde y como se embozan los mecanismos de explotación. Cuando el deseo, la búsqueda del placer apunta a un objeto, a su representación o a una parte del cuerpo. Reflexiones centrales en torno a los conceptos fetiche y fetichismo: la primera corresponde a quien en 1760 imprimió la expresión, el francés Charles de Brosses. Luego algo así como un abc rústico de Carl Marx en El Capital. Finalmente, precaria y con las limitaciones que derivan de la complejidad del tema para el no especialista, una mención de fetiche y fetichismo en Sigmund Freud.

¿Por qué sobre nosotros?

Cumplido, o eso espero, el preámbulo teórico, una breve disquisición sobre por qué dedicar este intento de ensayo, esta búsqueda de cómo operan las cosmogonías, las retóricas y el fetiche, apenas si sólo en el llamado campo popular, que pretende confrontar con la derecha plegada sobre sí misma con todos sus instrumentos de uso y abuso del poder. Con esa derecha a la que en esta etapa puede denominarse experiencia cambiemita, en la cual un exponente de la burguesía lumpen logró la meta ambicionada por los suyos desde el fin de los modelos Doctrina de la Seguridad Nacional, es decir la implementación de un espacio político propio sin el vehículo necesario de otros, como sucedió por ejemplo durante el menemato, para ejercer el gobierno, y desde las urnas ya no desde las bayonetas.

Porque está en las defecciones, en el no poder o el no querer – dos conjuntos que se yuxtaponen las más de la veces -, en la falta de independencia de ese campo popular respecto del bloque de poder, quedando atrapado y hasta como parte de su redes faccionales. Porque la explicación última de nuestras batallas y guerras perdidas trata de reparar en las condiciones histórico /objetivas en que las mismas se desenvolvieron y en las subjetivas ocasionales del enemigo, pero muy pocas veces dan cuenta de sus propias abdicaciones teóricas, ideológicas y de praxis política.

Visto y oído

La “rosca” como palabra que en forma peyorativa se refiere a la negociación entre políticos según, Felipe Solá, exponente sin duda de la cosmogonía peronista, en un programa de TV. En el mismo que, al criticar los dichos de un humorista que se reivindica peronista y apoya a la fórmula de la doble F sobre la necesidad de crear una CONADEP que investigue a los periodistas del oficialismo cambiemita, deslizó que se trata de palabras que perjudican a los candidatos. Hasta ahí los dichos de Solá serían más que comprensibles, pues surgen en boca de un “dirigente” de la política profesional; pero resultan de confesión “rosquera” cuando, aparándose en una concepción de lo electoral como capítulo sagrado, en la cual entonces habría que ejercer el silencio, a contramano de la tradiciones contra hegemónicas que consideran al tiempo electoral como propicio para las tareas de más amplios debates , da a entender que las palabras son propiedad exclusiva de los candidatos, quienes actuarían en la política grande, no en los márgenes del receptor pasivo, en los del sujeto consumidor del glorificado mercado; márgenes al que vendríamos a pertenecer cada uno de nosotros, los de a pie, los que no formamos parte del gremio de los políticos profesionales. Algo no funciona y se esconde detrás de las poses retóricas, que ocultan el poder mismo de la retórica como acercamiento a su todo.

Por las dudas

En otros tiempos de organicidades, muchos de los de a pie asumimos disciplinas militantes, más allá de las perfecciones o casi eternas imperfecciones en los mecanismos de debates y toma de decisiones, pero los actuales no son justamente tiempos de organicidades de los subalternos, y demandar silencio por veda electoral no sólo implica obturarnos el derecho a la palabra a los de los varios subsuelo que guardan el sueño eterno de la sublevación, sino que implica hasta la violación de los preceptos del ciudadano autónomo, aquella engañifa sobre la cual se montó, con experimentos dese el siglo XVII, todo el andamiaje político del democratismo liberal burgués, cristalizado entre fines del XVIII y la actualidad. Una necesidad electoral de indudable carácter perentorio – destronar a la perfidia cambiemita – no puede ni debe volver a retóricas patricias, con naftalina de Antiguos Regímenes, a menos que se reconozca cierta fidelidad cortesana a la corona del fetiche.

Frivolidades peligrosas

La referencia al “visto y oído” del subtitulado de más arriba no apunta a manifestar simpatías con los dichos del humorista cuestionado por ex precandidato a la presidencia, ex gobernador de la provincia de Buenos Aires y hasta efímero aliado de Mauricio Macri en otros tiempos, aunque no muy lejanos. Los dichos del humorista fueron lamentables y hasta insultantes para con un pasado reciente laceraciones no cicatrizadas, tan frívolos como los que asimilan a esta pesadilla que se llama gobierno de Cambiemos a una dictadura; frívolos e ignorantes de la historia, con todo el riesgo que, se sabe, conlleva ignorar la historia.

Tan solo pretende reflejar un caso que nos exhibe aquello del fetiche, porque el objeto o parte del cuerpo en tanto deseo en política se expresan como desprendimiento de esa práctica respecto de las fuerzas estructurales en pugna, como si la opción entre la propiedad y los desposeídos en toda su compleja forma de expresión contemporánea fuese otras cosa, perteneciese a otros, no a “los políticos”, como si conformase un dimensión ajena, haciendo que todo valga, con sumatorias y reducciones que nada saben de antagonismos ontológicos y por lo tanto de confrontación entre contrarios. Y no por error, porque es una forma de batirse al interior de la cosmogonía, pero entra las llamas, no a fondo, en el barro cambiante del mito. No sé por qué, o sí, golpea el recuerdo de Lampedusa y del genio del sentido, Luchino Visconti: El Gatopardo.

Palabras antes de las palabras

“Lo que sigue son algunos de mis apuntes provisorios para un texto en elaboración” (éste), publiqué como apostilla digital hace pocas horas en una de la redes sociales en las que intervengo, mucho más por necesidad de los tiempos que por vocación para ello, que ninguna tengo, aunque justo es admitirlo, el tránsito entre sus marañas, muchas de las opiniones recibidas y discusiones trajinadas son de honesta utilidad.

Y acto seguido estampé dos aclaraciones respecto del sentido de este tipo de apostillas. En referencia a las propias redes: “Aquí en esta mesa de café ampliada pero sin el gracejo de los viejos cafés sin algoritmos, no se decide nada, sólo se conjetura, se informa, sí, con toda la carga ideológica de la información, hasta en los partes meteorológicos; o se hace catarsis”. Y como apelación preventiva ante tanta efervesencia favorable al engañoso silencio añadí: “No sólo votaré por estas muecas que olen, como conjugaban mis nietos, a Embajada; sino y si hace falta para desalojar a los cambiemitas, hasta lo haré por Drácula…”. Y subrayo al respecto: esa apelación preventiva obedece a un búsqueda de afecto frente a la confusión intelectual aunque a veces descifrable desde el hastío que provoca el bestialismo de Cambiemos, que empobrece la dialéctica de aquél enunciado del último de los grandes líderes populares del siglo XX, Fidel Castro, cuando proclamó algo así como dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución nada; y uso la expresión Revolución casi como exabrupto, porque aquí y ahora nada de eso ni algo parecido está en debate.

Breve índex cosmogónico

Entre los “apuntes provisorios” apostillados en redes signifiqué “el peronismo como cosmogonía, el propio peronismo y la política toda como retóricas; y su personajes y tramas como fetiches…Quizá sólo así se entienda un nuevo síndrome argentino: ¿A Sergito primo diputado y a Malena intendenta también le van a cantar acá están los pibes para la liberación…? (…) Y se me ocurre que no es saludable seguir con el chiste burlón o la descalificación facilonga contra Pichetto, por tan solo citar un ejemplo tan a propósito de, porque sus movimientos se explican dentro de la cosmogonía, las retóricas y el fetiche, allí el enemigo sigue susurrándonos, pero a los gritos, que ¡Ay, tantas veces nos equivocamos! (…).

Los pases de prestidigitación o travestismo político, tantos los unos como los otros que son como espejos entre sí y saturan la información política de nuestros días, son explicables por la ontología cosmogónica del peronismo, de la misma forma que son explicables y a veces de encomiable reconocimiento intelectual, los esfuerzos digestivos de los millones de ciudadanos, militantes o no, compañeros o no entre, ellos y hacia el interior de su fronteras de pertenencias o identidades sectoriales, que habitan juntos o no en su comunidad o ecclesia. Y son éstas parábolas menos cruciales, menos trágicas si se quiere, que aquellas de chispa y pólvora que nos sacudieron entre el peronismo de la patria socialista y el peronismo de la patria peronista, en que las se daba daba la vida por Perón.

En la cosmogonía parece a todas luces que volverá a resolverse o no la dialéctica de los opuestos a favor de los desposeídos. Hasta ahora nunca lo logró en forma sustentable, tanto que hace pocos días volvió a sacudirme el recuerdo borroso o por relatos cercanos de cómo fue que sobreviví en la Plaza aquel 16 de junio del ’55.

Y no hay ejemplo en la Historia sobre victorias para los de a pie, para esos mismos desposeídos, entre truques con galeras, pañuelos de colores, conejos saltarines, y varitas mágicas con aires y perfumes enemigos. Por eso la ya mencionada apostilla: “El bloque de poder en una nueva disputa entre facciones y entonces, si ganamos en lo electoral con estos simulacros, pendiente quedará aun lo central, el proyecto emancipador, popular o como prefieran llamarlo…”. La cosmogonía deberá parir algún día.

Breve índex (2) fetichista

En anteriores palabras compartidas en redes, siempre a título de apuntes, había deslizado: “Como datos registrados una y otra vez, el secretismo en manos de un puñado de dirigentes – en muchos casos sin saberse bien a quiénes dirigen – y de los denominados operadores (…). Un conglomerados social – los cuasi anónimas –, en el mejor de los casos en tanto asistentes a un espectáculo más del TV pero en continuado, o con las ilusiones que imprimen sus propias opiniones de catarsis en la letras de molde en redes sociales (…). Las enormes mayorías de esos conglomerados sociales aplicadas a sobrevivir en medio del marasmo económicos que nos somete”.

Es el fetiche el deseo partido, apenas si representado en un objeto, en una sección del cuerpo, como macabro anhelo cortante sobre el mármol frío de una morgue. Es la perseverancia de ese fetiche lo que facilita las cosas para que lo registrado en el párrafo anterior sea registrable una y otra vez, mientras el sueño eterno de la rebelión persiste.

Es esta suerte de cultura política fetichista que intentamos desbrozar la que en última instancia explica, quizás, una frase que se hacía noticia mientras este texto llegaba a su fin: “Me siento un liberal de izquierda, un liberal progresista. Creo en las libertades individuales y creo que el estado tiene que estar presente para lo que el mercado requiera. Y soy un peronista. Estoy inaugurando la rama del liberalismo progresista peronista”, aseguró Alberto Fernández, según reproducían distintos sitios noticiosos, entre ellos el de Diario, del cual tomé la cita. ¿Desafío y provocación, grave impunidad intelectual?

(*)Doctor en Comunicación de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Profesor titular de Historia del Siglo XX (Cátedra II) en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP, donde también tiene a su cargo seminarios de posgrado sobre Intencionalidad Editorial (Un modelo teórico y práctico para la producción y el análisis de contenidos mediáticos); y la cátedra Análisis y Producción Crítica de Narrativas sobre Delito y Violencia, en la maestría Comunicación y Criminología Mediática. Director del sitio AgePeBA.