Una erótica peronista de la palabra

Una erótica peronista de la palabra
Una erótica peronista de la palabra

‘El pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar la memoria’.

Leopoldo Marechal, Megafón o la guerra (1970)

 

I.

 

La historia del pensamiento le ha dedicado extensos capítulos a la palabra, a categorizar sus definiciones, articulaciones y alcances; al intento de comprender, en definitiva, ese universo de sentido que nos permite comunicarnos y decirnos, que nos hace ‘humanos’. Se estableció, así, que la palabra es poderosa y potente, que tiene una inmanencia resonadora, que denota y connota, que describe y en el mismo acto disemina su significante incluso hacia la esfera de lo que no se comprende; revelándose a sí misma como insuficiente, inhabilitada para llegar a la semántica de ciertas cosas ante las cuales sólo puede callar porque son del orden de lo indecible. Su poder y su potencia, sin embargo, residen precisamente allí. Habitan en el acto performativo de no rendirse, de no entregarse a la imposibilidad ni abandonar la contienda que supone tensar el sentido, quebrar las fronteras de lo decible y lanzarse hacia adelante desde las pequeñas conquistas muchas veces imperceptibles, mínimas, pero que contienen en su núcleo cinético la potencialidad de resonar, de echar a andar, de reconfigurar los cimientos de la construcción de sentido; de estar renombrando el mundo constantemente. 

Y es en esta opacidad en donde se manifiesta la modulación erótica de la palabra. En esa intersección inmanejable, incontrolable para el deseo humano que pugna por describir su imaginario y poseerlo para autoafirmarse, para poder darle forma al autorelato identitario y clavar bandera en el territorio de la sospecha y del peligro de mostrarnos como lo que ‘no somos’, de alimentar el equívoco ante el cual dicha opacidad nos planta como si fuésemos ese rey que caminaba desnudo a la vista de todos. De todos menos de uno; de ese uno que detecta la intersección, que valida la sospecha y que por eso mismo puede evidenciarla y no sucumbir al miedo que provoca no lidiar con la potencia profunda de la palabra; el miedo de enfrentarse, en definitiva, a la dictadura de la gramática. 

Como eximia soldada en el frente del conservadurismo, la gramática advierte sobre las sospechas y los peligros. Es parte de su función, de su propósito. La normativa es el escudo del orden que mantiene a raya toda erótica posible, toda diseminación incontrolable que se lance hacia aquellas esferas que todavía permanecen innominadas, sospechosas, peligrosas. Esas esferas en las que la afectividad no ha sido aún restringida, en las que la eroticidad se revela intacta, libre de resonar hacia el futuro, de gemir significantes nuevos en una frecuencia todavía irreconocible para el oído más que como un murmullo. Un murmullo de deseo e imposibilidad hacia el cual la gramática envía sus huestes, sus lobos de diccionario. Pero, ¿cómo se protege esa erótica sin esconderla, sin taparle la boca para que los lobos no olfateen su respiración? 

Una operatoria posible es hacer todo lo contrario a las expectativas del orden: estallar la eroticidad, hacer carne su componente afectivo e invertir el juego; señalarle la desnudez al rey de la normativa, cantar su insuficiencia racional -su cojera pacata y puritana- en una lengua que rompa la dicotomía y el antagonismo entre la erótica afectiva de la palabra y su poder absolutista de decir(nos). Una lengua que dispute la potestad totémica de la palabra dominante sobre el campo de batalla; una lengua emancipadora. ¿Y qué es la literatura, en un punto, si no la pulsión de poner incansablemente en acto la potencialidad de esa disputa; de mirar la sospecha y el peligro a los ojos y desvelarles su nombre en clave, su imagen cifrada, su eroticidad? La palabra literaria no es heroica porque prometa nada. Lo es porque pone en evidencia las cadenas con que la normativa intenta oprimir la afectividad erótica de la razón; porque intenta una autoconsciencia emancipadora, otro tipo de racionalidad: una razón poética.

 

II.

 

John William Cooke decía que en un país colonial, las oligarquías son las dueñas de los diccionarios. La palabra dominante, así, establece las normativas y despliega los alcances del orden desde un poder que pretende permear las capas discursivas de toda aquella palabra que lo enfrente. La historia de la literatura (de todo el arco simbólico de la cultura, en definitiva) es la verificación o no de dicha pregnancia, es el estudio de su éxito o su fracaso. Allí donde la erótica ha sido silenciada, donde la afectividad ha sido restringida a una mera modulación ficcional, allí -parece-, es donde ha triunfado el diccionario. ¿Pero es realmente así? 

Al menos en cierto registro, la afectividad de algunas piezas literarias inscriptas en la tradición de la palabra dominante es innegable. Por poner algunos ejemplos, desde La fiesta del monstruo, de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares; hasta Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez; pasando por Las puertas del cielo, de Julio Cortázar; Qué es esto, de Ezequiel Martínez Estrada; El simulacro, de Borges; La creación, de Victoria Ocampo o The woman with the whip, de Mary Main (texto que inspira a Andrew Lloyd Weber para el musical Evita), es posible verificar un tipo de ‘afectividad del odio’ extremadamente potente y efectiva en la construcción simbólica de la palabra del orden. La habilidad táctica del que domina los diccionarios muchas veces descansa en que se acepte la neutralización de la afectividad -su cancelación, incluso- por no identificarla como tal, por rechazar su existencia y contraponerle ‘nuestra afectividad’ como única posible, validando un campo de batalla que sigue estando configurado por el orden. Entonces, y como consecuencia, los textos opositores se convierten en piezas ‘militantes’ que caen en una espiral de desvalorización -sofisticada constantemente en pos de la supervivencia dominante-; una espiral que las presenta como menores, descontroladas, peligrosas; es decir, profundamente eróticas. Los bombos en contra de las palabras; barbarie vs. civilización. 

Y si bien es cierto que la afectividad propia de una irrupción simbólica y cultural -diseminada al infinito- como lo es el peronismo, se forja siempre en espejo con su contrapunto, con esa ontología negativa de ser-anti-peronista antes de poder ser cualquier otra cosa, es inescapable la inmanencia de lo que realmente es en sí misma: una afectividad del amor, un grito erótico, una razón poética. Esta modulación de la palabra literaria no está exenta de beligerancia ni de confrontación, no huye del espejo que todo el tiempo le muestra su reverso destructor, su némesis. La diferencia radica en que antepone su afectividad a la propuesta por el orden; no neutraliza ninguna de las dos, las subsume en la potencia de su palabra y las hace carne, las erotiza. Gran parte de la obra de Nicolás Olivari, Arturo Jauretche, Julia Prilutzky Farny, Enrique Santos Discépolo, Raúl Scalabrini Ortiz, Leónidas Lamborghini, Jorge Abelardo Ramos o Leopoldo Marechal, entre otrxs, dan cuenta de esta operatoria de fagocitación positiva, validando incluso la afectividad de odio/amor que emerge de algunos textos de un Martínez Estrada o un Cortázar, por ejemplo, que el orden lucha por hacer permanecer monolíticos, paradigmáticos y normativos. 

El saldo acumulativo que arroja la progresión histórica de nuestras letras tiene mucho que ver con cierta noción de sabiduría; es decir, revisitar, reactualizar sus potencialidades y reponer hoy esta línea de tiempo puede constituir una praxis afectiva que vaya mucho más allá de observar un pasado cultural desde el palco privilegiado del presente; una praxis superadora del goce y del disfrute ‘artístico’ como distanciamiento, para emerger como fuente inagotable y fogosa de una potencia estética que es, por fuerza y constitución, una potencia ética. 

III.

 

Se cuenta que en el año 1951, poco tiempo después de aprobada la ley que reconocía por primera vez a las mujeres argentinas su derecho a ejercer el voto, Eva Duarte le sugiere a Leopoldo Marechal escribir una obra que tuviese como protagonista a un personaje femenino. Marechal venía dándole forma a su Antígona Vélez (obra de teatro que incardina en nuestra tierra la mitología tebana literaturizada por el griego Sófocles 2400 años antes), por lo que la sugerencia fue bien recibida y Marechal termina la obra. Se le comunica al escritor que la actriz Fanny Navarro ha sido elegida para representar el papel de Antígona y éste le hace llegar el manuscrito; manuscrito que Navarro olvida en un tren con destino a Mar del Plata perdiendo la única copia existente. Eva se desespera y le pide a Marechal que rescriba la obra, cosa que él hace para finalmente representarse a fin de ese año en el Teatro Nacional Cervantes, bajo la dirección de Enrique Santos Discépolo y con gran éxito de público. 

Este es sólo uno de los muchos ejemplos existentes en la historia de la cultura argentina que pueden dar cuenta, sin mayores esfuerzos, de cómo la dicotomía clásica ‘alpargatas sí, libros no’ que ha caracterizado a la fase fundacional del peronismo (con razón, claro está, pero perdiendo de vista precisamente la progresión histórica del movimiento, sus modulaciones y los esquemas dominantes instrumentalizados para atacarlo) va perdiendo su densidad simbólica para dar lugar a una praxis política en la que la cultura, la intelectualidad, la literatura emergen no ya como anexos ornamentales de las clases medias y medias altas o elementos de los que sólo dispone el antiperonismo para desarticular la afectividad del movimiento, sino como núcleos de sentido que hay que arrojar sobre la arena política del campo cultural, para dar la batalla profunda y fundamental por el sentido de las cosas y en contra de los diccionarios del orden. Para que el movimiento se dé a sí mismo su palabra, erotice la afectividad del discurso identitario, construya para todo el pueblo argentino y para sus generaciones futuras una razón poética propia, con la suficiente potencia para no retrotraerse sólo a la trinchera de la autoafirmación; la suficiente potencia para salirle a disputar el campo de batalla a los lobos de los diccionarios.

‘Hay que buscar esas botellas y refrescar la memoria’, le hace decir a Megafón el Marechal del epígrafe; y pocas cosas más hacedoras de memoria que la eroticidad, aquella forma de lo real que pasa por el cuerpo y por el corazón, que es por eso mismo recuerdo y futuro, construcción de sentido; que es, en definitiva, palabra.